1.- INVERNAL
Los cuchillos del frío,
con su brillante aullido de sable fulgurante
templado en la inclemencia.
desgarran hoy la noche.
Es un frío con uñas despiadadas
de niebla y de silencio.
Nadie baja
esta noche a la calle, solitaria
como una loba herida. Amarillea
la luz de unas ventanas.
¿En qué hueco ha escondido
su grito la lechuza?
El frío es el castigo solapado
con que el tiempo afianza su dominio
ancestral sobre el mundo.
Mirad cómo se apaga
el lejano temblor de las estrellas...
¿No veis cómo se paran los minutos
en el reloj del campanario?
Dicen que ha detenido, congelado
el río, su corriente.
mirad, mirad. Si no queréis llorar,
no imaginéis
el rincón desterrado del mendigo
El tiempo es el culpable.
Mano fría de médico, nos toma
el pulso que él no tiene. Agujetazos
de frío sangrarán nuestra existencia.
Tejed pronto una manta entretejida
con la trama encendida del amor.
Extended una manta sobre el mundo.
El tiempo está vacío y desconoce
la aguja azul del sufrimiento.
2.- TRASCENDENCIA
Una reunión. Los contertulios
conversan febrilmente,
imponiendo alternantes tesituras
de entonación: una colmena
flota entre el humo del tabaco.
De pronto, entre la gente,
se oye el nombre de Dios, una sonora
sílaba exacta y luminosa
como un vívido flash de sodio repentino.
Y la mente se eleva hacia una cota
de significación, donde dilata
sus mieses la extensión del infinito.
Dios es amor. No queda indiferente
el corazón cristiano:
del polvo enrarecido,
de la frivolidad del charloteo,
ha nacido una rosa,
y ha trascendido, desde el corazón
de una palabra, el escondido
perfume misterioso.
Y en mitad del tumulto,
a solas, reza un labio agradecido,
como en un brindis solitario,
por la delicia momentánea.
3.- BRÚJULA EN MANO
Mi proyecto: trepar por la vertiente
que coronó Moisés. Desde la cumbre
veré la patria prometida.
Ignoro la inseguridad
y la indefinición; nunca la niebla
fue fiel amiga de los caminantes.
El paso firme,
siempre al frente, descarta
viejas perplejidades.
Me guía la esperanza.
La esperanza: una brújula concorde
con la estrella polar,
día y noche, en el mapa
donde consulto mis itinerarios.
Mientras camine, atento al horizonte,
me asiste el tiento de la confianza.
Siempre adelante; es mi obsesión rabiosa:
una brasa en la frente.
Nunca el río regresa hacia su fuente,
porque el tiempo discurre por laderas
que olfatean el valle y la llanura.
No falta mucho. Escucho ya las olas
que rompen en la linde acantilada.
4.- LA NIEVE
Cruje al pisar la nieve, con chasquido
de caña rota bajo el pie.
La débil luz del sol se vuelve rosa
sobre una duna blanca.
No debiera
nadie pisar la nieve; es como hollar,
despreocupado, la delicadeza
huidiza de una rosa. ¿Quién se atreve
a pisarle la mano diminuta
o la sonrisa a un niño?
5.- VIDRIERA ROTA
Una mano nerviosa
ha estrellado la insania
de un arrebato
contra un vitral.
La gente mira su esplendor -un pájaro
caído a pie de cólera-,
esparcido a pedazos por la acera.
¿Qué ocurre ahora que se nos escapa
como agua de las manos la medida
del buen sentido, una batuta
alta y flexible, como un junco dócil,
en la plaza mayor de la conciencia?
No hay respuesta feliz.
Las manos cuidadosas que labraron
un bello laberinto imaginario,
prendían, sin saberlo, de una rama
inconsistente el alba
de un retablo de luz.
6.- PINTADAS
Cada vez que una brocha desalmada
tacha en la piedra noble las mejillas
de la ciudad, hay una herida torpe
de pus que ensucia el sentimiento.
París, Venecia, Benidorm; no importa
su condición, su estirpe o su llaneza.
Sufren sin distinción el sabotaje
de la rusticidad. Hay cazadores
crispados, cejijuntos,
de todo lo que pueda proyectar
la majestad de un vuelo
sobre la mera cotidianidad.
La furia descreída no discierne
ni la impiedad renuncia
a estampar un tintero en el ojo de un niño.
Rayemos la excelencia y lo sublime,
puro soporte incidental ahora
de la torpeza.
7.- EL TERRORISTA
Ha reducido a un árbol, una enseña
una hacienda ancestral y un caserío
el fervor de su raza.
Quiere ser nada. Lo singulariza
su pequeñez.
No llega al techo del fogón
ni hace pie en el lebrillo.
Tan apretado entre sus ataduras,
sale de sí abatiendo, de estampida,
los entramados de la convivencia:
ese encofrado de cristal tan frágil.
Vive en la oscuridad:
los ojos rojos de las alimañas
evitan su presencia.
Su única luz, los fogonazos
de su rencor, la espeluznante
irritación en que arde la evidencia
salvaje de su ineptitud.
No discierne los blancos
mimbres de un objetivo.
Ha puesto las vedijas de su razón
en la contera anonadada
de un ciego. Dadle un sorbo
de sangre;
la sangre lo ilumina.
8.- EL BUEN DECIR
Buenas maneras
le acuñan bienestar y patrimonio
al proceder humano; no de otro modo,
un collar abrazando un pensamiento,
un rubí palpitante ensangrentando
el corazón de una sortija.
¿Por qué gritar palabras y aldabones,
por qué bramarlas, si una sola
sin estridencias, sin exceso,
alcanza su destino mismamente?
A veces, dulcemente sugerida,
dice más cosas, vence más atascos,
disipa noches, traba lealtades.
Lo importante es decir, no exactamente
inculcar obviedades o arrechuchos
con la garra escocida del desgarro.
Un pedazo de aliento
nacido de los labios besa;
un alarido exacerbado mata.
9.- PASO A NIVEL
Una campana persistente
grita nerviosa: ¡Viene el Tren!
Cruza un relámpago de acero
con un león en cada sien,
y tiembla el suelo de repente
bajo los pies.
Al tiempo, un rápido silbido
como un agujetazo cruel
cose los aires distraídos
sobre un paisaje de papel.
Calla la voz tintineante
de la campana. En un andén,
un uniforme azul, con gorra
sobre la frente del revés,
lleva una extraña banderilla
en una mano. ¿Para qué?
¿Será un torero? ¿Será el jefe
que manda en el paso a nivel?
¿Es su atributo, sucia y roja,
la banderilla? No lo sé.
10.- EL ASNILLO
Un asno pasa por la calle.
Qué extraño. Niño, yo admiré
su mansedumbre, la tristeza
de su mirada color miel,
de enormes ojos como almendras,
menudos y ágiles los pies.
Que no se extingan.
No sé por qué
pongo ahora mismo cascabeles
en mi canción; pongo también
sus orejeras en la rima,
y en la cadencia de mis versos,
el trote alegre de sus pies.
Yo considero hasta qué punto
es lo más justo, es lo cortés,
consolidar hoy la silueta
habitual de quien ayer
cuidaba asiduo el beneficio,
el interés.
Con él nos vamos, si el se marcha
donde ya nadie ha de volver,
como se van amortecidos
el urogallo, el bosque, el río,
la nube clara, el aire fiel.
Que no se extinga. Los caminos
no lo son tanto
sin él.
11.- EL TURISTA
En un asiento de la plaza,
un hombre rubio y singular
va desplegando cuidadoso
-no sabe nunca dónde está-
el mapa exacto de su vida,
porque su vida es deambular.
Es mucho mapa, mucho el trecho
del recorrido, es mucho el haz
de callejuelas, monumentos,
plazas y fuentes. Es capaz
de recoger los meridianos
de río en río y mar a mar.
hasta apurar la luz del día.
La noche es para descansar
No saborea, simplemente
repasa el mundo, porque está
vacío el ojo que lo mira
desde el balcón de la ansiedad.
No tiene tiempo y va deprisa,
ora adelante, ora hacia atrás.
Y está cansado, pero vive
la vida con intensidad
Y abre un proyecto cada día,
como quien cambia al despertar,
uno por otro, el aeropuerto
hacia un edén de tafetán,
por donde cruza como en sueños
por otras nubes, que al pasar,
a su presencia acostumbradas,
le sirven güisqui, nunca paz.
Aventurero interminable
de un largo viaje sin final,
gira al azar como veleta,
como rabión gira al azar,
loco murciélago diurno.
¿De dónde viene? ¿A dónde va?
No tiene tiempo, porque el tiempo
es un anciano que se va.
Dejad que viva la aventura
que inventa su curiosidad.
Recogerá sus impresiones
en su memoria de metal:
cíclope oscuro con un ojo
frío, instantáneo, de cristal,
colgado al cuello con un largo
cinto de cuero por collar.
Dejad que goce su aventura,
que el tiempo es tiempo nada más,
y que no pierda la esperanza
de regresar
luego a un pasado intermitente,
fugaz.
12.- EL MÁRTIR
Ser libre tiene un precio.
Nadie quiso abonarle
el precio que tenía.
Con fétida malicia
le aplastaron la sangre.
Le majaron; morteros
fueron sus contrincantes,
hasta apurar sus venas,
y enterrarle los ojos.
¿Dónde están? ¿Deletrea
una losa sus nombres?
Él tiene un frontispicio,
entre cenefas de oro,
en la frente de Cristo.
13.- DEBATE EN LA CÁMARA
Su Señoría está exponiendo
una cuestión muy complicada,
desde el puñal de la ironía,
y la agudeza de una espada.
Monta arrumacos la sonrisa
para cubrirse en la emboscada.
Ha de embutir los argumentos,
que nada prueban, de añagazas,
de confusión, de algarabía,
de ambigüedad, porque la llama
que prende faldas de ladera
y sube al bosque y se derrama
rampante por la serranía,
no es buen incendio si no arrasa.
No sabe bien si lo que dice
tiene acomodo en su mesnada.
Importa más dejar al raso
de la evidencia al que le encausa
por incursiones presumibles
en cambalaches y celadas
de perspicaz financiación
en pro del grupo en que se instala.
Y es de ver cómo patalea,
enardecido, por las gradas,
el coro correligionario;
cómo se excita, cómo brama.
Para llegar donde se intenta,
en buena lid, no se repara
si es vericueto, arcén o abismo
la dirección afortunada.
Al ala diestra, a la siniestra,
todos confiesan que delatan
la frustración del adversario,
desde el desvelo y vigilancia
que impone todo acatamiento
al gran patrón de la baraja.
No protestéis. Os representan
Son vuestras voces contrariadas.
Si sus desmanes os abruman,
si cunden sus baladronadas,
si no sabéis cómo excusarlos,
si nos defraudan,
no protestéis; los elegisteis:
son nuestras voces delegadas,
son nuestra boca,
somos nosotros quienes hablan.
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