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1.- OTOÑAL

    Esta hoja otoñal, que bien pudiera
competir con un viejo pergamino,
ha dejado su rama como deja
abandonado el nido
un pájaro que ha muerto.

    La arrastrará la sucia escoba rechinante
del barrendero.
Hojas, flores y frutos
no tienen un ciprés y un cementerio,
que respete el recuerdo fulgurante
de su esplendor de un día.

    Supo de brisas frescas,
supo de pardos aleteos
de gorrión y escuchó los virtuosos
trinos del ruiseñor.

    Una hoja muerta, estrella vegetal
en la verdosa galaxia de su fronda.
Nunca tuvo un belén donde mecerse
en un techo de paja, reflejada
en una fuente de papel de plata.

    Pero también para la estrella
tiene ajustado el tiempo su medida.
Pero antes, la alocada sacudida
de una espiral de viento
ha alzado entre sus manos conmovidas
hacia un viaje fugaz
de altos aleros, entre golondrinas.

2.- EL MAR


    Cuando tienes el mar ante tus ojos
y no te cansas de admirar su espejo
y su infinita densidad te absorbe
y no puedes pensar, algo te dice
que el mar no es sólo mar,
que trasciende su ser el pensamiento
y estás leyendo misteriosamente
un mensaje en su espuma,
que más allá de su sentido escueto,
adquiere su extensión hacia otra orilla
un plano superior;
un plano superior de certidumbre,
un plano superior, como unas mieses
que son al mismo tiempo
espiga y pan y amor y eucaristía.

3.- RÍO INTERIOR


    Si a medio día, cuando el sol abusa
del predominio de su esplendidez,
un limpio cielo azul, desde una sombra,
se diría que calma, como brisa,
el curso cerebral de nuestra frente.

    Hay un río interior en nuestra vida
por donde cruza el pensamiento
y en el que la íntima verdad
de lo que somos se refleja.

    Mirarnos en nosotros mismos,
supone descubrir en qué sentido
discurren nuestras aguas.
Nuestra verdad es esa, es nuestro espejo.
Si lo miras atento,
ya nunca más podrás mentirte
sinceramente.

4.- AUTOSERVICIO


    Para aprender a ser habitualmente
amigo fiel para con otros,
has de hacer ejercicio en ti primero.

    Fiel siempre a ti, no te concedas nunca
convertirte en señor de tus frivolidades.
Muéstrate servicial contigo mismo
en la misión de ser íntegramente,
sin rigor excesivo, siempre afable,
como quien tiene en las rodillas
un perro fiel.

    Quien ajusta a sí mismo
la servicialidad, tendrá la copa
acostumbrada ya a brindar por todos.

5.- DECREPITUD


    El árbol roto; las escuetas ramas,
escasas de follaje: caracola
arrumbada en la orilla.
            Excavadoras
han retirado el bosque hacia una cumbre,
y el sol le niega hasta el contraste fresco
de aquella sombra que a sus pies dormía.

    ¡Si nos pudiera hablar! Tienen firmeza
sus oscuras raíces todavía:
su secreto interior; corren muy cerca
sonidos de agua hacia el alumbramiento
de una fuente: amanece
la vida a cada instante,
y a cada instante muere
sobre sus propios pies de árbol la vida.

6.- IDENTIDAD


    Nunca agradeceré que la memoria
se me astille y no pueda
reconocer en sus cristales rotos
mi verdad. La memoria:
charco dormido no sé dónde
en mi bosque interior.

    ¿Podré esperar hacia la luz
con rectitud, si ignoro
quién soy y cómo he sido?
Mi identidad depende
de una vasija de cristal tan frágil,
que una palabra altisonante
puede romperme.

7.- EL OJO AJENO


    No escarbes nunca donde duela.
No consientas
acrecer el dolor. Nadie merece
tu pisada en los dedos. Califica
en la propia madera,
desde supuesta herida imaginaria,
el tronco herido de un castaño,
la puerta rota, una muñeca sucia,
el techo deslucido de una carroza.

    No escarbes nunca; no crecientes
la pus del sufrimiento en hombro ajeno.
El sufrimiento:
un palillo de dientes en los ojos.

8.- GRATITUD



    Precariedad y gratitud: orillas
de un mismo río.

    Como soy pobre,
sé agradecer el vaso de agua
que el mar no necesita.
¿Qué vale una canción, la silueta
de una nube en un charco?
Una concha vacía a ras de arena
te embelesa aludiendo
al gozo de sus mundos abisales.

    En el mundo inferior, que es donde acampa
toda precariedad, se aprende pronto
a apreciar cada brizna en lo que vale.

    A cosas insignificantes
les asigno un valor, cuando te alivian
una incomodidad o proporcionan
satisfacciones impagables.

    Tiene su lado digno la pobreza.
En su escuela se canta la cartilla
del agradecimiento.

9.- EL DESVÁN DE LA MEMORIA

 

    En el reducto prieto
de la memoria, caben la realidad y el infinito.
No hay límite en su esfera:
polvo dorado en las paredes
de exóticas lecturas,
galaxias de sucesos aprendidos,
emociones, recuerdos reprobables,
amor, temores, ríos de tristeza,
innumerables cuentas por el suelo
de entrañable alegría: bailarinas
saltado entre las bambalinas
más blancas del recuerdo.

    Si alguien me asalta un día,
¡por Dios!, que no me quiten
el joyero sin fin de la memoria.

10.- VOLVER

    Llegar a casa: recuperación
indescriptible. Acostumbrado
a un sitio y un horario
y un trato amable, qué difícil
prolongar la evasión. Hay algo tuyo
que se te queda atrás cuando te marchas,
y hay que volver.

    A tu regreso,
te dan su mano recia los amigos;.
el fementido marco de la puerta
es un arco de triunfo; las macetas,
rebosantes de flor;
y el aire mismo tiene una fragancia
muy singular.
        Llegar a casa
es encontrarte: no estás solo;
tú eres tú con los tuyos.

11.- REGRESO

    Es muy gratificante
poder recuperar, de pronto, del olvido
un antiguo paisaje de una tarde
dorada, entre los chopos otoñales,
en un río somero y tortuoso,
cerca de Albarracín.

    Y poder inventar un nuevo viaje
por la orilla del río;
introducir los pies, dudosos
por entre cantos movedizos,
y percibir cómo te alivia el agua
del polvo del recuerdo, remolinos
donde se anega un corazón cansado.

    Es muy gratificante
poder recuperarte del olvido,
ese pozo de sombras y cenizas,
en mitad de un paisaje recorrido
por hileras de chopos otoñales.

12.- DE NOCHE

    Desde la cumbre de la noche,
la red de luces estriadas
de una ciudad. Es todo.

La oscuridad la envuelve: negro fondo
sobre el que pisa el corazón de un ciego.
Y un velo de silencio transparente
sobre su techo de cristal.
                Resalta,
nula su opacidad voluminosa,
el hilo presumible de sus calles,
un pespunte de puntos luminosos,
entretejiendo densa y fulgurante
telaraña amarilla.

Su quietud es total. Acaso duerme
su sueño, en el cojín de su descanso,
tachando una jornada enloquecida.