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| Fray Francisco teme no llevar consigo todo el agua que afluye hacia el cauce que cavan sus manos en el pecho llagado de Cristo. Fray Francisco aprende cuán grande es su aprisco; olivares y esteras contaron cómo iban sus frailes colmando confines, caminos, reflejo de aquellos que un día anduvo también Jesucristo. Fray Francisco implora de Dios un prodigio: que todos sus frailes le quepan humildes, pequeños, sumisos, en la misma espiga bien prieta y espesa de Cristo. Todos uno solo, todos uno mismo en la misma mano llagada de Cristo. Fray Francisco canta. Y es que Dios le ha dicho y en sueños anoche ya ha visto, cómo afluyen a miles palomas, cómo acuden ciervos, cómo nace un río a los mismos pies donde ha muerto Cristo. |
Hermano de todas las criaturas
por sentimiento natural, por amor a Cristo se hizo aún más hermano
de los hombres, que el Creador formó a imagen suya. 2C
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| Francisco sabe ver la silueta de Cristo reflejada en cada espacio habitado del hombre, sobre todo si un corazón renquea, como rueda contrahecha, gimiendo estrechez e infortunio. Los ojos atinados de Francisco, descubren transparencias, donde destella la presencia de Cristo y se delata. Cristo pone el milagro de sus dedos en la piel desvalida del mendigo, en la torpeza inmadura del bobo, en los ojos opacos, deslucidos, del ciego, en la mano tullida del anciano, en la dudosa senda que maltratan las pisadas dudosas del cojo. Jesús está donde duele la fe, donde reclama venda y atenciones la herida desatenta del hombre, donde sangran todavía las huellas de unos clavos en la densa madera de la cruz. Quien atiende la llaga desabrida del hombre, está sin duda restañando las antiguas de Cristo, arrodillado ante la luz de Dios mientras despliega por los frisos del aire el iris alomado de la paz, cadenas de aproximación, pardas alondras de apaciguamiento. |
La paz que anunciáis con la boca,
debe morar antes en el corazón. TC 58
| No chilléis donde habita retirada la paz. Hay una verja que ni traspasa el viento. La paz pisa despacio y cuidadosa por los claustros redondos del silencio, sobre losas de musgo, donde esconde sus pardos sentimientos el sosiego que inviste no tener. Quien no tiene y no ansía, ignora los vaivenes azorados de la preocupación. No gritéis cuando orea olivos verdiblancos con la leve brisa de sus pisadas. La paz guarda en estuche acristalado de plumas y armonías un lago verde donde vuela a veces planeando el silencio. En su cristal coinciden lisura y transparencias. Manos de mansedumbre y atisbos de temores de que empañen sus ojos inocentes, imponen cautelosa contención. Sabe que cuando estalla de súbito la sangre, hacia el lindero gris de la desmesura, no hay cordura que calme sus latidos. Es un espejo roto la paz, cuando alguien pisa el remanso sin fin de su clausura. El corazón herido se encoge, y se atiranta la sangre, y las palabras no saben pronunciar serenamente la ordenada cadena del sentido. Volved al equilibrio, rescatad la pausada ponderación de la mesura, prended del corazón, como de un árbol, el peso moderado de sus frutos. En el huerto cerrado donde habita, hay una verja que ni traspasa el viento. No chilléis en su entorno, que ni advierta nuestra presencia mínima, donde vive y esconde su retiro la paz. |
A traer fuego he venido,
Lc 12,54
| Como eres tan joven y es urgente dar con Dios prontamente, me intereso en decir cómo y dónde. De nada sirve guardar el secreto. Escuchame y no dudes en llevar a la práctica el intento: Ábrele el corazón a Dios, si quieres perderte en él como en el bosque el ciervo. Toma la llave del amor, no pierdas, por Dios, el tiempo. No eres joven, hermano, date prisa. Aprieta el paso y cuando ya estés dentro, cierra la puerta y tírame la llave, tírala lejos. |
| No es lo difícil encontrar la fuente. Lo difícil es luego seguir las incidencias, entre peñas, y brezos, del torcido regato descendente. Quien quiera no perder, el hilo del esfuerzo cotidiano, el aliento preciso que permite volar a los gorriones, caminar a las nubes, planear como pluma al gavilán, émulo eximio de la levedad de la pausada nieve y del suspiro, quien quiera henchir de viento su velamen para bogar en medio de la noche, hasta alcanzar mañana el horizonte, que despliegue sus velas cada día, que lo intente de nuevo al despertar, que inicie en todo instante la aventura ardua de persistir en su locura, que clave cada noche un nuevo impulso en el coraje, para el día siguiente, despertar como despierta el día, en las manos de Dios plácidamente. |