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LA HERMANA CORTESÍA

La cortesía es una de las virtudes divinas, la de Quien da su sol y la lluvia a los justos e injustos, por su misma cortesía; pues la cortesía es hermana de la caridad, la cual apaga el odio y conserva el amor. F 36

La plegaria que quema primorosa 
en las manos del alma
su incienso leve, no es más alta
que un ápice de amor aderezando,
como Jesús, el gesto y las palabras.

Bautiza tus modales
en la suave bondad con que allanaba
sus misterios Jesús, él que volvía
la mirada hacia el Padre sopesando
su bondad exquisita,
la humilde exactitud de cada junco, 
el sitio de la voz en sus palabras,
la compasiva prontitud
de un ademán multiplicando trigo,
de una actitud profética auspiciando
luces de bienaventuranza.

Enciende en tu conducta el candelabro
limpio de la bondad, pon una estrella
temblorosa en tus manos cuando acudas
a iluminar rincones y esperanzas
en la casa del pobre, en las alfombras
undosas del ahíto y en las penas 
oscuras del hermano.

Y cuando te pregunten por la cifra
justa de tu salario,
por ti mismo responda jubilosa
la expresión de tus ojos,
de modo que comprendan
que nunca tuvo tasa una sonrisa,
que es Dios quien pone precio a tus pisadas,
que es dádiva el amor y su fragancia
compite con las rosas.


MUTUAMENTE

Por amor espiritual, sírvanse los hermanos y obedézcanse mutuamente. San Francisco

Hermano, que aquí estás, en mi silencio,
como una pausa de agua en un remanso,
entre orilla y orilla,
escribe estas palabras que te digo:

Concédeme que añada a tus manos las mías.
Quiero ser uña de tus dedos,
talón para tus pies, rodilla tuya arrodillada
ante el Cristo maltrecho de San Damián,
donde todos cabemos, porque es amplio
el cobijo de palo que lo esgrime.

Ya en una sola, tu madera
franciscana y la mía, no te arredre
gritarme a voz en grito que me vaya
o que me quede, que renuncie
a mirarle a los ojos
a la luz o que calle mi improperio
insistente a la blanda
dejadez de los juncos, que despliegue
pájaros por la frente de la aurora 
o apalee la espalda 
de nube escurridiza y tortuosa
de mis antiguos pensamientos.

Yo por mi parte, a cambio,
renunciaré a decirte
nada que no me quepa dócilmente,
como agua en vaso o como fruta fácil,
entre las manos
acogedoras de mis bendiciones.


CAPÍTULO DE LAS ESTERAS

Francisco temía que la pequeña grey que le seguía perdiera el cielo después de haber de haber renunciado a la tierra".2C. 174

Fray Francisco teme
no llevar consigo
todo el agua que afluye hacia el cauce
que cavan sus manos 
en el pecho llagado de Cristo.

Fray Francisco aprende
cuán grande es su aprisco;
olivares y esteras contaron
cómo iban sus frailes colmando
confines, caminos,
reflejo de aquellos que un día
anduvo también Jesucristo.

Fray Francisco implora
de Dios un prodigio:
que todos sus frailes le quepan
humildes, pequeños, sumisos, 
en la misma espiga 
bien prieta y espesa de Cristo.

Todos uno solo,
todos uno mismo
en la misma mano
llagada de Cristo.

Fray Francisco canta. 
Y es que Dios le ha dicho
y en sueños anoche
ya ha visto,
cómo afluyen a miles palomas,
cómo acuden ciervos, cómo nace un río
a los mismos pies
donde ha muerto Cristo.


FRATERNIDAD

Hermano de todas las criaturas por sentimiento natural, por amor a Cristo se hizo aún más hermano de los hombres, que el Creador formó a imagen suya. 2C 172

Francisco sabe ver la silueta
de Cristo reflejada en cada espacio
habitado del hombre, sobre todo
si un corazón renquea, como rueda
contrahecha, gimiendo
estrechez e infortunio.

Los ojos atinados de Francisco,
descubren transparencias,
donde destella la presencia 
de Cristo y se delata.
Cristo pone el milagro de sus dedos
en la piel desvalida del mendigo,
en la torpeza inmadura del bobo,
en los ojos opacos, deslucidos, del ciego,
en la mano tullida del anciano, 
en la dudosa senda que maltratan
las pisadas dudosas
del cojo.

Jesús está 
donde duele la fe, 
donde reclama venda y atenciones 
la herida desatenta 
del hombre, donde sangran todavía
las huellas de unos clavos
en la densa madera de la cruz.

Quien atiende la llaga desabrida
del hombre, está sin duda restañando
las antiguas de Cristo, arrodillado
ante la luz de Dios mientras despliega
por los frisos del aire
el iris alomado de la paz,
cadenas de aproximación,
pardas alondras de apaciguamiento.

LA PAZ

La paz que anunciáis con la boca, debe morar antes en el corazón. TC 58

No chilléis donde habita
retirada la paz. Hay una verja
que ni traspasa el viento.

La paz pisa despacio y cuidadosa
por los claustros redondos del silencio,
sobre losas de musgo, donde esconde 
sus pardos sentimientos 
el sosiego que inviste no tener.
Quien no tiene y no ansía,
ignora los vaivenes azorados
de la preocupación.

No gritéis cuando orea
olivos verdiblancos con la leve
brisa de sus pisadas.

La paz guarda en estuche acristalado
de plumas y armonías
un lago verde donde vuela a veces
planeando el silencio.
En su cristal coinciden
lisura y transparencias.

Manos de mansedumbre 
y atisbos de temores de que empañen 
sus ojos inocentes,
imponen cautelosa contención. 
Sabe que cuando estalla
de súbito la sangre, hacia el lindero
gris de la desmesura, no hay cordura
que calme sus latidos.

Es un espejo roto
la paz, cuando alguien pisa 
el remanso sin fin de su clausura.
El corazón herido se encoge, y se atiranta
la sangre, y las palabras
no saben pronunciar serenamente
la ordenada cadena del sentido.

Volved al equilibrio, rescatad
la pausada ponderación de la mesura,
prended del corazón, como de un árbol,
el peso moderado de sus frutos.

En el huerto cerrado donde habita,
hay una verja
que ni traspasa el viento.
No chilléis en su entorno, que ni advierta
nuestra presencia mínima,
donde vive y esconde su retiro la paz.


LA LLAVE

A traer fuego he venido, Lc 12,54

Como eres tan joven y es urgente
dar con Dios prontamente, me intereso
en decir cómo y dónde.
De nada sirve guardar el secreto.
Escuchame y no dudes
en llevar a la práctica el intento:

Ábrele el corazón a Dios, si quieres
perderte en él como en el bosque el ciervo.
Toma la llave del amor, no pierdas,
por Dios, el tiempo.

No eres joven, hermano, date prisa.
Aprieta el paso y cuando ya estés dentro,
cierra la puerta y tírame la llave,
tírala lejos.

 

EMPEZAD, HERMANOS

No es lo difícil encontrar la fuente.
Lo difícil es luego 
seguir las incidencias, entre peñas, 
y brezos, del torcido 
regato descendente.

Quien quiera no perder,
el hilo del esfuerzo cotidiano,
el aliento preciso
que permite volar a los gorriones,
caminar a las nubes,
planear como pluma al gavilán,
émulo eximio de la levedad
de la pausada nieve y del suspiro,
quien quiera henchir de viento su velamen
para bogar en medio de la noche,
hasta alcanzar mañana el horizonte,
que despliegue sus velas cada día, 
que lo intente de nuevo al despertar,
que inicie en todo instante la aventura
ardua de persistir en su locura,
que clave cada noche
un nuevo impulso en el coraje,
para el día siguiente, despertar
como despierta el día,
en las manos de Dios plácidamente.